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Para variar, consigo recordar un pasaje del LLibre de meravelles de Ramon Llull sobre la gran variedad que tienen los rostros humanos, lo consigo, pero no consigo localizarlo. La fascinación que para mí tiene observar esa variedad de la que se maravillaba Llull no es ni mucho menos proporcional a mi capacidad para desarrollarla a través del retrato, y ni siquiera de la caricatura. Me vería capaz de intentar hacer incluso dibujos naturalistas y colorear a través de la difícil técnica de la acuarela, o como mínimo hacer una cuaderno de campo. Parece sólo cuestión de técnica (al lado del arte de retrato y el autorretrato) remedar las láminas de Leonhart Fuchs, José Celestino Mutis -el que salía en los billetes de 2000 pesetas-, Anna Maria Sibylla Merian, William Bartram, o los trabajos de los maestros chinos y persas y los de las monjas que pintan con florecillas idénticas vajillas enteras de 12 servicios con el primor y la precisión de la monja gitana de García Lorca.
Será por eso, porque una cara es un mundo, por lo que la cirugía plástica resulta tan decepcionante. La cirugía plástica para mí es una aberración, excepto cuando se trata de poner remedio a los estragos de una enfermedad o un accidente. Ahí es un enorme bien. La cirugía estética, por el contrario, es una pena. Y es una aberración no solo porque –como dijera Adolfo Domínguez- la arruga es bella, sino porque los resultados hasta el día de hoy de la cirugía plástica tienden a mostrar unos patrones y a reproducirlos. Y no digamos nada de casos como el del desventurado Michael Jackson, recientemente fallecido, que parecía la “viva imagen” de Nefertiti, quien a su vez tampoco era muy auténtica que se diga, o de su momia.
Una de mis escenas preferidas de "Brazil" (Terry Gilliam, 1985) es la de la tía o la madre de Jonathan Price, cuando se le descomponen los efectos de la cirugía plástica en torno a la escena del atentado terrorista en un restaurante. Es una película visionaria que me gusta volver a ver, como “Mon oncle”, “El guateque”, “Benhur” o “Gertrud”. Tiene todos los elementos que han prosperado con el tiempo: el ministerio de información bajo un clon de Joseph Goebbles, los errores/horrores informáticos blindados, los puestos de trabajo alienantes en lugares absolutamente hostiles y reducidos, imponentes, asfixiantes; la ciudad inhumana, postindustrial y espectral, como de pesadilla; los electricistas o fontaneros que parece que trabajan para organizaciones paragubernamentales, y también las cirugías psiquiátrica y plástica.
La tersura de la piel se consigue por lo general a costa de eliminar las huellas de la expresión, que son como el mapa o el laberinto de la vida de cada cual, la impresión de los días, las galeradas corregidas de las noches en blanco y de los buenos ratos. Cuando el cabello encanece no hace más que suavizar la dureza de los surcos de la edad, por más que habrá quien en una guerra personal contra las canas se teñirá el pelo con un tinte que cuanto más se aleje de la verdadera naturaleza más esperpéntico resultará. En la Roma áurea los bustos con los retratos de sus dueños permitían renovar el peinado e ir poniendo las pelucas pétreas de moda o según la ocasión. Siglos después, en salones como el de la Marquesa de Pompadour, las señoras marcadas por la viruela usaban estratégicamente lunares postizos. Con el objeto de tapar los cráteres producidos por el virus y también con el objeto de darles significados corteses que sólo podían ser modificados o matizados por el no menos sofisticado lenguaje de los pañuelos, los guantes y los abanicos. Toda la artillería de lunares maquillados, pelucones o ventalles debía superponerse a algún mohín de repulsión o simplemente de coquetería, de desagrado o desaprobación, a gestos en cualquier caso tan perfectamente decodificables como los de la ceremonia del té más rígida. Los estragos de la afectación y de la rigidez en la vieja Europa siempre se han visto corregidos por la tendencia opuesta, la naturalidad, que a veces es mucho más rebuscada, como observo que lo es el “despeinado” de mi sobrina, que se pasa cosa de una hora solo con el pelo y el resultado es como si se hubiera estado moñeando a muerte con un oso o con tres hidras venenosas y sendas furias infernales.
En mis paseos por mi ciudad, o por otras ciudades, contradictoriamente, lo que más me gusta es observar o mirar con disimulo a la gente y sin embargo lo que más me molesta en las fotografías es que salga la gente. En Barcelona es imposible hacer fotos sin gente durante las horas centrales del día. Es algo que no sé explicar de otra manera que de la manera en que lo intento explicar. Esa es un poco mi relación con los otros y con los demás y con los de más allá. Para disfrutar de la compañía debo estar mucho tiempo sola, de la misma manera que hay gente que seguramente tendrá que estar mucho tiempo en compañía para soportar sus soledad. A todo lo cual lo único que tengo que añadir es que, si algo bueno tiene hacerse vieja, es el ver a los amigos y a las personas que más o menos nos han acompañado en nuestra vida en perspectiva. Creo que Picasso, al referirse a su retrato de Gertrude Stein, según cuenta la escritora en su autobiografía, dijo que no se le parecía pero que se le parecería.



















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